
“Claustrofilia versus agorafilia en la sociedad postindustrial” [1], se llama el capítulo del libro que acabo de leer, “El Eros Electrónico: de la caverna a la electrónica” de Román Gubern, sociólogo, ex decano de la Universidad Autónoma de Barcelona, y crítico de cine, entre otras cosas.
Siempre que tengo un tiempo libre ó sólo insomnio (la excusa de hoy), intento leer cosas que alimenten la investigación que estoy llevando a cabo.
Lo encontré demasiado interesante, y me gustaría compartirles algunas citas, si es que desean leerlas y el código HTML de quotes me lo permite…
En una sociedad en la que se habla ya de la patología psicosomática del “hambre de piel” es menester valorar cuidadosamente la distinción entre comunicación informativa (que las nuevas tecnologías potencian) y comunicación sensorio-afectiva (que las nuevas tecnologías merman).
El triunfo contemporáneo de la privacidad constituye “una forma de resistencia activa a la manipulación política”. La observación de Baudrillard tiene la virtud de invitarnos a recordar que la familia en el hogar no está, como antaño, protegida en un búnker estanco, sino que se constituye una célula de consumo comercial, cultural e ideológico. En la era de los medios electrónicos, el ámbito privado y doméstico pasa a ser colonizado por los grandes poderes institucionales, los del Estado y los de las industrias culturales, modelando ideologías y comportamientos con fuerte tendencia al uniformismo y a la docilidad.
La privacidad en el consumo cultural, potenciada por la autoprogramación en el hardware doméstico, aparece hoy como la máxima forma de libertad: en mi hábitat yo elijo libremente mis programas.
En líneas generales puede afirmarse que el abaratamiento y democratización de las tecnologías de elaboración y de reproducción doméstica de mensajes, provocada por las apetencias lucrativas en un sector muy consumista de la industria, ha correspondido un endurecimiento correlativo en el control oligopolístico de los canales de difusión masiva. Al ciudadano privado se le permite ahora consumir mucho más en su casa, e incluso transmutarse en artista creador, pero no se le permite en cambio que su obra salga de la reducida esfera de su privacidad.
El fenómeno de la teleadicción se ha ampliado con los ordenadores personales a la computadicción, en un fenómeno que puede ser caracterizado genéricamente como sobredependencia de la pantalla.
El declive del hombre público tiene su contrapunto social en la exteriorización histérica colectiva de sentimientos, fuertemente ritualizados, de los ciudadanos en las gradas de los estadios deportivos ó de los adolescentes en las pistas de baile de las discotecas.
Jamás el hombre viajó tanto gracias a sus ojos e inmóvil desde una butaca, como con la conjunción del automóvil y del televisor.
Estas obvias ventajas de la cultura claustrofilica nos recuerdan que la intensa proximidad física de la densificación urbana contemporánea ha provocado un pronunciado distanciamiento afectivo entre las gentes. Igualmente, en las empresas trabajan con frecuencia codo con codo personas que apenas saben nada la una de la otra. De tal modo, que el universo social puede acabar por parecerse a un desierto lleno de gente, que invite imperiosamente al refugio emocional en la cueva aterciopelada.
La despersonalización de las relaciones sociales, concordante con el aislamiento de la cultura claustrofílica, intenta ser corregida, entonces, con técnicas y simulacros que persiguen, como escribe Baudrillard, “la lubrificación de las relaciones sociales mediante la sonrisa institucional”. Y entonces comparecen las simpáticas azafatas, los public relations, las etiquetas en la solapa que identifican el nombre propio del empleado, ó esos spots publicitarios norteamericanos en los que la sonriente modelo comienza diciendo: Hola! Me llamo Mary. Se trata, evidentemente, de una ritualización exasperada que intenta sustituir la cálida interacción humana de la vieja cultura agorafílica por su simulacro litúrgico.
Otra vez el debate pasa por las relaciones y en función de que las tejemos como red. Un cúmulo de sueños y anhelos se pueden encontrar al completar un hilo de la inmensa telaraña de informacion en busca de su destinatarioo visceversa.
El fragmento del libro, o la frase que justifica haberlo leido. Esa escena en determinada pelicula que resuena en nuestro entendimiento, que justifica al autor haberla escrito o creado.
En mi caso mis invitados siempre dicen cosas útiles quien sabe para quién, ni en dónde y mucho menos cuándo.
Me encantaria tenerlos de invitados en mi programa: http://www.agendasamaria.com
Juan Jose