
El hombre desarrolló la ciencia y la tecnología como instrumento de cambio. Esos cambios llegaron cada vez más rápidamente. El poder de la tecnología creció, pero con él se agudizaron algunos de los problemas que se había intentado combatir. La pobreza creció, y con ella el hambre y las enfermedades que llevan a la muerte a millones de personas. La ciencia hizo al hombre capaz de producir más riqueza, pero ésta agudizó las diferencias entre ricos y pobres. La medicina avanzó, pero sus beneficios se vieron vedados para la mayoría de la humanidad…
El enfoque moderno se desmoronaba. El futuro dejaba de tener sentido; sólo quedaba el aquí y el ahora: una oportunidad solitaria de conseguir lo poco que se pudiera de todo lo que ofrecía “el progreso”. La utopía, al desmoronarse, dejaba un vacío irreemplazable. Los valores que inspiraban la vida moderna, dejaban lugar a lo banal.
La promesa había sido incumplida: las normas, las reglas, los valores fueron puestos en tela de juicio. La posmodernidad, sin proponer un modelo diferente, consiste en la corrosión del antiguo modelo. Ser posmoderno parece consistir en tolerar los problemas modernos disfrutando de algunos de los logros del progreso. Transgredir aquellos esquemas que nos han defraudado mientras no se crean otros nuevos. Construir alrededor de cada uno un microclima tolerable. Vivir la propia individualidad y aislamiento en un mundo hipercomunicado al que se ha llamado la aldea global… Una auténtica paradoja.
por Pablo Sors en “SIDA: el hombre y su virus”